Antonio Manzano Acedo, un artista de miniaturas en madera

Antonio Manzano, con algunas de sus miniaturas-Foto Alfonso Barriga
JUBILADO DE RENFE

Cuando a un trabajador en activo le llega el momento de la jubilación, y más ahora cuando las jubilaciones se están haciendo a temprana edad, uno tiene que plantearse como quiere que sea su vida desde ese momento en adelante. Los muchos años soportando el ritmo de trabajo, los horarios, el estar la mayor parte del día fuera de casa y sobre todo la actividad de la máquina del cerebro, que necesita ser engrasada constantemente, el ejercicio físico, etc., son factores que deberán ser tenidos en cuenta a partir de ese momento. Normalmente la inmensa mayoría se marca unas pautas que instintivamente va cumpliendo. Cada jubilado tiene su propia actividad y no hay una que se parezca a la otra.

Antonio Manzano Acedo, es de esos jubilados que ha sabido encontrar una segunda actividad que le abarca la mayor parte de sus horas y entrar en su refugio es darse de bruces con la minuciosidad, el cariño por las cosas más insignificantes y con la ausencia  de horas. No hay ningún reloj colgado en la pared de su taller. Su única marca horaria es recoger a su nieta del colegio todos los días y la copa del mediodía hasta la hora de la comida.

Jubilado de Renfe a los 58 años, ha dejado atrás, durante 40 años el mundo de las máquinas, los viajes desde Barcelona a Valencia, Madrid, Extremadura, etc. y ha llegado a la estación del merecido descanso.

Los recuerdos de la escuela de D. Jacinto de Vega, sus compañeros Joselino "salao", Antonio, Primi, Casto, Antonio Herrero, y demás todavía permanecen en su memoria. Doña Ángela "una maestra de pago" y la escuela de D. Antonio, forjaron una juventud pujante, con la única misión del trabajo. Pero a este tipo de jóvenes, con 18 años, no se le ponen barreras a esa edad. Hizo las prácticas en Renfe, y con 23 años se presentó desafiante en una ciudad como Barcelona, después de hacer escalas en Madrid, Alcazar de San Juan, y Burgos, donde no soportaba el frío de aquellas tierras. La cálida Barcelona le abría sus puertas, y también a su familia. Como él dice colocó a "todo el mundo", y allá que se llevó a todos. 23 años de lucha en la Ciudad Condal, y vuelta al merecido descanso en la misma calle en la que se había criado, muy cerca de donde había tenido la fragua su padre, y a un palmo de las escuelas de la infancia.

En medio, el trabajo de maquinista y algún que otro disgusto, cuando alguien tenía la intención de terminar con sus días en las vías al paso de cualquier tren.

En su recogido taller tiene colocado mimosamente todas y cada una de las miniaturas en madera que ha ido labrando, con una navaja como única herramienta, y con las maderas que desecha su vecino Miguel Reveriego, un carpintero de toda la vida.

Resulta agradable ver una habitación completa a pequeña escala que le ha hecho para su nieta, una mesa camilla con su brasero, unas burrillas, un sentón de corcho, un batidero de los que usaban las lavanderas de antaño, y tantas y tantas cosas que uno admira por cuanto de horas y cariño  están impregnadas.

En otro rincón, sobre una mesa, los aperos antiguos de la labranza, yugos, liendres, arado, y en la pared algún que otro marco. Con lo que no parece muy contento Antonio es con el corcho, hay poco, y el escaso que le dan es de mala calidad.

En fin, que si tienen ustedes oportunidad de ver estos pequeños trabajos, es un goce para los sentidos, aunque Antonio parezca no darle mucha importancia, pero nosotros, que lo hemos visto, podemos asegurarles que, a la vista de todos ellos parece como si el mundo se frenara un poco y ofreciera un rato de paz y tranquilidad.