Viene ejerciendo desde hace más de 50 años

José en la procesión del alba-Foto José A. Agúndez
JOSE JACOBO PLATA , EL GUARDADOR MAS VETERANO

José Jacobo Plata es el miembro más veterano del Cuerpo de Guardadores del Señor de Malpartida de Cáceres. Con la misma ilusión que empezó hace más de cincuenta años, una Semana Santa tras otra viene actuando como Cabo de Alabarderos. Ha conocido en esta dilatada etapa a varias generaciones de guardadores que han pertenecido a esta institución que se remonta en Malpartida a tiempos inmemoriales. En este artículo, José Jacobo nos ofrece algunas pautas de cómo han ido cambiando las cosas en lo relativo a esta vieja tradición, a la vez que nos aproximamos a su persona, cercana y entrañable para muchos malpartideños

"Empecé como Guardador con 17 años y ahora tengo 69, por lo tanto echa la cuenta. Era cabo cuando yo entré a formar parte de los Guardadores tío Jacinto González "Canelo" (q.e.p.d), y enseguida, en los años 50, ya comencé yo a ayudarle siendo cabo también. No todos los años hubo guardadores, pues a veces no se reunía el número suficiente, pero desde hace unos 30 años esto vino en fomento y ya no lo hemos vuelto a dejar. Hubo años en que apenas nos reuníamos 14 ó 15 muchachos para ser guardadores, pero incluso así lo éramos. Ahora somos unos campeones, pues este año hay 53 guardadores. Cuando no había bastantes salíamos buscando gente, porque los asiduos eran los menos. Claro que en cuanto quería ser uno, enseguida arrastraba a algunos amiguinos, y así, normalmente, entraban por pandillas. Luego estuve de cabo con Juanito González (el hijo de Tío Canelo), con Fernando Manzano, Gonzalo Manzano y ahora con mi sobrino Javier Chaves -del que me siento muy orgulloso-, acompañado siempre de otros buenos amigos y guardadores históricos como Gonzalo Román, Pedro Román, Juan José Agúndez, Alfonso Barriga y otros, que son también cabos.

El día del Jueves Santo, nos reuníamos en casa del Sr. Jacinto, que era donde acudía la gente, en la calle Parras, y luego veníamos a por el cura y a la iglesia donde comenzaba la tarea de toda la Semana Santa. En la plaza no podíamos entrar y en los bares menos todavía. Nos lo prohibían las ordenanzas que teníamos, y si no cumplías, multa al canto. En las procesiones nos repartíamos entre las imágenes según el número que hubiera y las guardias en el Monumento llegaron a durar 1 hora, aunque lo más normal era de media hora. Teníamos que estar a pie firme, apenas te podías mover, y no digamos en la Desenclavación que se realizaba en el atrio. Poníamos a un Guardador escoltando al Cristo en las escaleras, de espaldas al público mientras se desenclavaba. Allí no se movía una mosca. Por eso a veces los novatos -o no tan novatos- se mareaban. Si habían comido mucho potaje, si le daba por calentar o por quedarse fijos en las velas y en las luces de la iglesia, raro es el año que alguno no se marea. Me acuerdo de uno que si no le pongo la mano en la boca hubiera puesto tibia a las autoridades, ahora que a mí me puso bonito.

 En cuanto a la indumentaria, por lo general era una chaquetita, una camisa y la corbata que tuviera cada uno, y pare usted de contar. Yo he oído que los guardadores se ponían un pañuelo a la cabeza cuando tenían que salir a la calle, pero a mí eso ya no me cogió. Eso sí, siempre con la alabarda y el rosario, que si no tenías había que pedirlos. Las alabardas las hacían los herreros y en Malpartida las hubo muy antiguas, pero cuando se dejaron de utilizar, vinieron los anticuarios y se vendieron muchas por cuatro perras, por eso la mayoría son modernas. Esto de las capas y el uniforme ha venido después, cuando creamos la Hermandad.

Si cometíamos alguna infracción imponemos multas. Cada guardador podía denunciar a otro si lo había visto cometiendo alguna falta. Entonces eran multas muy baratas, 2 ó 3 pesetas como mucho -las más caras un duro-, pero costaba más pagarlas porque no había. Las más rigurosas eran hablar con mujeres, pisar la plaza, entrar en los bares, comer en la sacristía, y no digamos quitarse el rosario. Todo esto se ha relajado un poco, pero se siguen poniendo igual que entonces. El cabo era siempre el que apuntaba las multas. Llegabas y decías: He cogido a fulanito en la plaza. Entonces decía el Sr. Jacinto cuando llegaba el denunciado: "Ven acá, bonito, que te voy a apuntar", y como el guardador solía protestar, el cabo ponía una multa tras otra.

La noche siempre se ha pasado en la sacristía y para matar el rato nos gastábamos bromas, por ejemplo, atarle los cordones de los zapatos al guardador que se quedaba dormido y así, al incorporarse solía caerse. Otras de las bromas era verter agua de un vaso a otro junto al oído para que al muchacho le entrasen ganas de orinar o hacerle cosquillas con un papel de fumar. Todas muy inocentes pero no quitaba que el guardador al despertarse y ser consciente de la broma, soltase algún taco que por supuesto era denunciado y multado. Al final, cada uno echaba una cabezada donde podía, y algunos acababan arriba en el coro, donde tenías que ir a despertarlos. Cada hora pasábamos lista y el que no estaba, pues multa al canto.

La verdad es que lo hemos pasado muy bien. Esto de ser Guardador del Señor es muy sacrificado por el cansancio y las guardias, pero también es muy bonito compartir unos días con tanta gente. Con lo que se recauda en multas hacemos la Comida de los Guardadores el Domingo de Resurrección. En ella echamos unos buenos ratos contando chistes o escuchando a mi amigo Pedro Silva "El Enterrador" recitándonos el poema de Colón y las fábulas de Samaniego. Esta comida la hemos hecho en muchos sitios, antiguamente en las tabernas y el Casino de Abajo, luego en La Piedra, Las Arenas, La Cañada, los Puri y ahora en La Caballeriza. Hace años que José María Hortigón nos regala un borrego para esta comida -esto fue una especie de apuesta con unos que fueron guardadores un año-, y más tarde también se han unido a regalarnos un borrego Saturno y Alpénderez. Muchas gracias a los tres.

Yo creo que los Guardadores hacen una buena labor. Es muy importante que el que se meta sepa a lo que va. Se le explica bien todo lo que tiene que hacer y no hay problema alguno. Raro es el que lo es una vez y no repite. Algunos se han quedado por el camino pero yo estoy seguro que todas las Semanas Santas quisieran volver a ser guardadores. Hoy le estamos metiendo mucho el gusanillo a los niños pequeños, porque es una forma de hacer cantera, como en el fútbol. Hasta recién nacidos los he hecho yo. A los niños se les da un aperitivino y se les tiene hoy muy en cuenta. Eso nos asegura guardadores para el futuro.

Quiero agradecer a todo el mundo lo bien que se porta con los Guardadores: a los mayordomos del Señor que siempre traen café y dulces, al resto de mayordomos, personas particulares y madres de guardadores que siempre nos están atendiendo. Antes nos traían botellas de coñac y anís para quitarnos algo el frío, pero decidimos prohibir aquello terminantemente pues no estaba bien beber en la sacristía. También todos los curas se han portado muy bien, y especialmente Don Román con el que nunca ha habido problemas, al contrario, siempre mucha colaboración.

Deseamos a nuestro amigo José Jacobo, -que el próximo Lunes de Pascua cumplirá su 70 cumpleaños por lo que le enviamos desde aquí nuestra particular felicitación-, siga manteniendo muy viva durante muchos años esta tradición y adornándola con su interés y simpatía.