Don Román junto a las autoridades, el obispo y el Cronista oficial de Malpartida.
Don Román junto a las autoridades, el obispo y el Cronista oficial de Malpartida. / CEDIDA

“Querido Don Román, sus feligreses le agradecemos toda su dedicación en la enseñanza de este camino”

  • José Antonio Agúndez, Cronista Oficial de Malpartida de Cáceres, dedicó un emotivo discurso a Don Román en el homenaje dedicado al párroco en la sala Clavellinas el 23 de febrero

El 23 de febrero la sala Clavellinas de Cáceres fue el escenario de un acto en homenaje a Don Román en reconocimiento por su labor tras 37 años como párroco de la localidad.

El acto contó con la presencia del párroco así como del obispo, del alcalde de Malpartida, de numerosas autoridades y multitud de vecinos, así como de José Antonio Agúndez, Cronista de Malpartida de Cáceres, que dedicó el siguiente discurso al párroco en el que hizo un detallado recorrido de su paso por Malpartida desde su llegada, allá en el año 1980…

“Buenas tardes:

Excelentísimo y reverendísimo Señor Obispo, Señor Alcalde de Malpartida de Cáceres, autoridades, amigos y convecinos malpartideños. Querido y reverendo párroco Don Román

Me han pedido que como Cronista Oficial de nuestro pueblo os dirija unas palabras a modo de semblanza sobre la figura y labor desarrollada por D. Román Robledo a lo largo de sus treinta y siete años de estancia como rector de nuestra parroquia. Encargo harto difícil, queridos amigos, dado que bien es sabido que la objetividad debe primar en la misión del cronista, y yo, la verdad, poca he de tener en esta ocasión, pues todos los que me conocéis sabéis de la amistad y el aprecio que profeso a D. Román desde su llegada a Malpartida. Por eso, perdonadme si a los precisos datos de su hacer uno palabras nacidas de mis vivencias personales, del sentimiento y la emoción.

Allá por el lejano 1980 venía a Malpartida de Cáceres un nuevo sacerdote que antes había sido coadjutor en Moraleja y párroco de Piedras Albas, Estorninos, Villasbuenas de Gata y Zarza de Montánchez, pueblos todos en los que había dejado tan buen recuerdo como provechosa simiente en la memoria y espíritu de sus feligreses. Con estas experiencias pastorales llegó D. Román a Malpartida, cargado de ilusiones por servir a Dios y a sus hijos en uno de los pueblos más grandes de la Diócesis de Coria-Cáceres. De este modo, tomó posesión y celebró su primera misa entre nosotros el día 15 de agosto de 1980, -casualidades de la vida-, día de Nuestras Señora, fiesta bajo cuya advocación pusieron nuestros antepasados de muchas generaciones precedentes a la parroquia.

¿Pero, quién sería aquel nuevo sacerdote que venía a ocupar el vigésimo noveno lugar en la lista de rectores parroquiales de los que tenemos constancia desde el siglo XVI? ¿Qué carácter tendría el que había de ser el séptimo párroco del siglo XX, después de D. Francisco Sánchez, D. José y D. Jesús Herrero Galán, D. Desiderio Cascos, D. Hipólito Luego y D. David del Río, y de otros muchos ecónomos y coadjutores? ¿Qué podría hacer aquel nuevo presbítero que se nos enviaba? Hoy, treinta y siete años después –habiendo sido el párroco que más tiempo de todos los tiempos llevó a sus espaldas los designios de la parroquia-, hoy tenemos las respuestas a aquellas preguntas: D. Román Robledo ha sido un fiel testigo de Cristo entre nosotros, un hermano buscó siempre el apoyo de sus hermanos, que ha ejercido con sabiduría y rectitud el gobierno de la comunidad parroquial que se le encomendó, un malpartideño entre los malpartideños.

Recordarán los de mi generación la ilusión que nos hizo la irrupción de un cura sin sotana de espíritu joven –como nosotros-, un cura capaz de convencernos del valor que seguía teniendo ser cristiano y católico en momentos en los que practicar la religión y tener que ver con la Iglesia se creían cosas pasadas, algo “carca”, algo “retro”. Y la manera que tuvo D. Román de meternos en el bolsillo fue aproximándose a nosotros, implicándonos en la vida de la parroquia, permitiendo que conociésemos a otros que sentían las mismas inquietudes, provocar espacios para la convivencia, la comunicación y el conocimiento de la obra redentora de Cristo.

Para conseguir estos fines, el cura nos sacó de excursión: al Palancar, a Almaraz, a Coria… Guardo aún en mi retina aquel viaje a la ciudad cauriense coincidiendo con las célebres Fiestas de San Juan y a D. Román mostrándonos la huella que había dejado el asta de un toro en la puerta del seminario Mayor cuando como estudiantes curiosos estaban asomados a ella y apenas les dio tiempo a cerrarla. ¡Vaya susto! Pero no sólo sacó a los jóvenes, recuerden los múltiples viajes con los fieles de la parroquia: a Fátima, a Lourdes, por toda Europa, y las miles de anécdotas vividas juntos como cuando María “la de Galería” se perdió o lo malo que llegó de un viaje a Italia.

Con D. Román y su cercanía, los malpartideños conocimos a otros jóvenes cristianos de Arroyo o Casar, y tomó muchos chatos de vino –el vino del cura comenzó a llamársele al que solía beber- especialmente en el Hogar de la Tercera Edad –un Club y un local que usted ayudó a fundar en colaboración con la Asociación de Vecinos Ángel Ruano Mesa-. Ah, y como buen entusiasta del fútbol, cuántas tardes aplaudió a nuestro querido “Malpa”, agradeciéndole la directiva muchas veces que elevase a Santa Ana, patrona del Club, sus preces por el deporte, los jugadores y los aficionados malpartideños, y es que todo terreno, incluso el de juego, era bueno para plantar la semilla de Cristo.

Igualmente D. Román se nos descubrió como un cura constructor, preocupado por la conservación del patrimonio mueble e inmueble de la parroquia. En todo este tiempo, el templo parroquial adquirió una nueva instalación eléctrica y megafonía, se renovó su tejado en 1991, el suelo en 1995, se remozó la sacristía, se arregló el atrio en 2007. En las ermitas de Los Santos Mártires y Santa Ana se acometieron importantes obras por las Escuelas-Taller Los Barruecos I y II entre 1992 y 1997. También se rehízo el tejado de las ermitas de la Soledad y San Antonio. En San Isidro, las distintas juntas parroquiales no pararon en hacer ampliaciones y mejoras como una nueva fachada, explanada, salones. Y su gran obra, -la que le quitó el sueño algunos días, aunque pocos, dado su arrojo y la respuesta que ofreció el pueblo aportando donativos, comprando papeletas del Billetazo, colaborando con la operación baldosa y montando cantinas en San Isidro- fue dotar a la comunidad de un espacio donde desarrollar múltiples actividades, lo que le llevó a la adquisición en 1986 y posterior edificación de un local para Centro Parroquial (salón y vivienda), que ha concentrado buena parte de la acción parroquial durante estos años, hasta el punto de haber recibido incluso la visita de un príncipe, hoy Rey Felipe VI, que lo escogió para mostrar al mundo la riqueza de Malpartida y sus cigüeñas.

Del mismo modo, también el conjunto del patrimonio mueble concentró su atención y se le dio una importante vuelta en su salvaguarda y nuevas incorporaciones. En 1986 y 2011 se acometieron relevantes labores de conservación en la muy querida talla de Jesús Nazareno; entre los años 1997 y 1999 se realizaron trabajos de limpieza y restauración del Retablo Mayor y los cuatro laterales, orgullo de los malpartideños, obras de los hermanos Barbadillo. Y ya en la presente década, pasaron por el taller las veneradas tallas del Cristo de las Batallas y el Santo Cristo de la Desenclavación, y últimamente las imágenes de la Virgen de la Soledad, el Resucitado, Santa Ana, San Isidro y el Amarrado a la Columna también experimentaron trabajos de consolidación a cargo del licenciado David Patrón. Por otro lado, se vio incrementada nuestra imaginería con incorporaciones nuevas como el San Sebastián que usted bendijo en 2002 y el bello grupo de Nuestra Señora de las Angustias y el Cristo del Gran Amor, titulares de la hermandad homónima, hechos en Sevilla por las expertas manos del escultor Antonio Dubé Herdugo. Hay que mencionar en este apartado las numerosas adquisiciones y donaciones de objetos (manteles, vestimentas y ornamentos, estandartes, andas y cruces-guía elaborados por delicadas manos y talleres) legados por las distintas mayordomías y hermandades.

Y hablando de mayordomías y hermandades, innumerables son los grupos y asociaciones religiosas que como pastor y padre espiritual ha cuidado, protegido y propiciado a crear. En 1990 se erigió canónicamente la de Alabarderos y Guardadores de Nuestro Señor Jesucristo, decana hoy entre las hermandades malpartideñas, de la cual es usted Hermano de Honor desde el año 2000. Seguiría la de Nuestra Señora de las Angustias y Cristo del Gran Amor en 2001. Y tras ésta se constituiría la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno en 2003, la de Hermanos de Carga de la Virgen de la Soledad en 2005 o la que actualmente en trámites del Amarrado a la Columna. Estas, y todas las juntas, comisiones, mayordomías, asociaciones seglares que son y han sido (San Isidro, Del Señor, Milagrosa, Lourdes, Fátima, Santos Mártires, San Antonio, Virgen del Carmen, Inmaculada, Corazón de Jesús, Ánimas, Cristo de las Batallas, San José, Santa Ana, Resucitado, Virgen del Rosario, etc., etc, etc, han prestado su colaboración al párroco llevando a cabo una encomiable labor en la conservación, culto y devoción a sus imágenes, todas ellas para mayor gloria de Dios, de Cristo y su Iglesia. Así mismo, D. Román recibió numerosos apoyos, entre ellos los de las hermanas de la Fraternidad Reparadora Apostólica o los de las de reciente llegada, las Hijas de Cristo Rey y cultivó estrechas y fructíferas relaciones con las asociaciones e instituciones malpartideñas, especialmente con los alcaldes y corporaciones municipales que en el Ayuntamiento han sido en tan largo periodo.

Participó D. Román también desde el principio en la recuperación de tradiciones religiosas profundamente enraizadas en la fe del pueblo, e impulsó la celebración de costumbres inmemoriales como el cuerpo de Guardadores del Señor, que se rescató en 1985 y a los que Juan, Jacobo, Pedro, los Gonzalo, Juanjo, Alfonso, Fernando, Javier, Raúl o David, entre otros muchos, han contribuido a dar formidable protagonismo, habiendo sido puntal para que nuestra Semana Santa luzca hoy con el esplendor que lo hace. También ese año Malpartida volvió a sentir con emoción el acto de la Desenclavación del Señor, cuyo guion escribió el querido sacerdote y pariente D. José Reveriego, párroco de San Blas, quien en los años cincuenta había intervenido de forma directa en aquel devoto acto. Aún guardamos en la memoria de aquella primera representación, querido don Román, la emoción que usted sintió y que nos contagió a todos cuando con su verbo entrecortado nos proclamó el significado profundo de las injurias hechas al Salvador representadas en aquel letrero, corona y clavos y la infinita misericordia de Dios que, sin embargo, seguía bendiciéndonos con aquellas manos que todos habíamos ayudado a perforar. Y es que, hay que ver la atención con la que los malpartideños escucharon tantas veces por sus palabras las del Evangelio y alabaron la precisión y mensaje que transmitían sus homilías. Y del mismo modo se rescataron la Lectura del Leto -luego Hora Santa-, Las Tres Gracias, la Procesión del Silencio y se incorporaron prácticas nuevas como la del Alba o los pregones. Y en la Navidad, la otra Pascua: los Belenes Vivientes, la Cabalgata o la representación del Auto de los Reyes Magos que movilizaba a cientos de niños y adultos.

Con qué alegría, D. Román, celebramos el nacimiento del Niño cuando tras la misa del Gallo, rodeado de su “corrobla” de jóvenes, mandaba a Aniceto a subir arriba a su casa y coger algunas botellas para celebrar juntos la Nochebuena en la taberna de Paco Canasto. Qué buenos ratos en aquellas comidas de fraternidad de los guardadores del Domingo de Resurrección, escuchando a Pedro “El Enterraó” recitar a Samaniego o aquella coplilla que decía: “Don Román persona buena/ Que en este pueblo está de cura/ Usted los manda pallá/ Y yo les doy sepultura”. Cuántos momentos vividos juntos, D. Román, como cuando llevamos al Nazareno a Plasencia para su restauración o el viaje a Fátima para encargar el báculo que el pueblo le regalaría al nuevo Obispo, nuestro paisano D. Francisco; recuerdos de aquella primera procesión con el Cristo de la Desenclavación -que usted no quería fuese tan temprano-, las reuniones de la Asamblea del Pueblo de Dios, los cursillos prematrimoniales, los ensayos del coro parroquial… las excursiones para visitar los campamentos de verano de Villamiel y Descargamaría, allá en la Sierra de Gata. Cuántos niños y niñas han sido introducidos en los valores cristianos a través de la catequesis y de su labor pastoral. Cuántas personas necesitadas y transeúntes han recibido el apoyo de la parroquia a través de asociaciones como las Conferencias de San Vicente de Paul y Cáritas Malpartida, y la participación en campañas como el Domund, Manos Unidas, del Seminario o la Operación Primavera que permitió financiar varias becas para el estudio de seminaristas en el Tercer Mundo.

Imposible olvidar tampoco las incontables horas que pasé en su casa revisando los libros parroquiales, haciéndole sus índices, mientras su querida hermana Chon –desde aquí un emocionado recuerdo para ella- leía su viejo libro de oraciones. Gracias por la confianza que depositó en mí. Quizás sea por esa atracción que ejerció sobre algunos de nosotros, quizás por ello, el Señor permitió que Leonor y yo nos conociéramos, nos quisiéramos y formáramos una familia. Usted mejor que nadie fue testigo de ello, testigo de nuestro amor expresado en el sacramento del matrimonio, y testigo de que nuestras hijas sean también hijas de Dios por la imposición de sus manos en el sagrado sacramento del bautismo. Jamás olvidaremos su especial vinculación como párroco y padre espiritual a nuestra familia. Igual que no le olvidarán tantos y tantos allegados, amigos, feligreses y colaboradores suyos como D. Santiago, Antonio Chaves, Toñi Mogollón, Josemari, Sandalio, Josefina, Meli, Magdalena, Jesús, Isabel Mari, Maribel, Mari Cristi y tantos y tantos otros y otras aparte de los aquí presentes, a los que pido perdón por no poder mencionar a todos, a los que hoy están y a los que ya no están.

Usted, D. Román, vivió en estos treinta siete años los profundos cambios producidos en nuestro pueblo: ha visto nacer y morir a varias generaciones de malpartideños (ofició 1114 bautismos, y 1435 funerales), los ha visto crecer en la fe y amar (miles de comuniones y confirmaciones y 314 matrimonios), ha sentido la alegría de conocer que cuatro hijos naturales de Malpartida hayan sido ordenados sacerdotes en Cristo: D. Francisco Cerro en 1981, D. Juan Cerro -que santa gloria haya- en 1988, D. Juan Manuel García en 1991 y D. Miguel Ángel Morán en 1995. Y uno de ellos, D. Francisco, aquí presente, llegar a ocupar la sede episcopal de Coria-Cáceres, nuestra diócesis, y cuyo anuncio de nombramiento el 21 de junio de 2007 recibió usted, y con usted toda Malpartida, con repique general de campanas.

Termino, y lo hago diciendo que debido a su fuerte personalidad y carácter, a su testarudez, incluso a veces a su impaciencia –no hay nadie perfecto, hermano,- algún tirón de orejas nos dio y algún rapapolvo y negativa suya recibimos, pues miedo daba que levantara la voz y nos lanzase alguna de sus invectivas frases. Claro que estas situaciones, -pocas, las menos-, siempre terminaron bajo el signo del profundo respecto que los malpartideños le han profesado y la tolerancia y cariño que usted practicó con ellos. Muestra de ese carácter paternofilial, al mismo tiempo punzante e indulgente, lo resumo yo en la siguiente anécdota que presencié: Era un Sábado de Gloria por la mañana. Andábamos en la sacristía preparando la Vigilia Pascual y en esto llegó una de las hermanas haciendo aspavientos y quejándose del ruido y alboroto que se respiraba en el interior de la iglesia, ocupada por decenas de personas que se aprestaban al arreglo de los altares e imágenes, preparando el templo para recibir en la tarde/noche la nueva luz de Cristo. Efectivamente, muy diferente era aquel ambiente al que normalmente se respira en la soledad y serenidad del templo. ¡Esto no puede ser, esto no puede ser! -exclamaba la monja- ¿No ve usted que escándalo hay ante el Sagrario? Entonces, D. Román, la amonestó con aplomo: “Sí, hermana, sí, aquí hay mucho alboroto y bullicio pero éstos lo hacen para dar gloria a Dios, nada comparado con el bullicio y escándalo que hubo aquel día en el Calvario, ante la cruz. Y Él todo lo padeció en silencio. Dé usted gracias”.

Sí, demos gracias, malpartideños y amigos todos, como lo hicimos el 18 de noviembre de 2006 cuando celebramos que D. Román había cumplido sus bodas de oro sacerdotales y sus bodas de plata al cargo de nuestra parroquia. En una entrevista publicada en 2005 le preguntaba Francisco del Moral: “¿Es consciente que permanecerá como pieza clave de la identidad religiosa de varias generaciones de malpartideños? Y usted respondió: “La clave siempre es Dios. Yo, en estos años he sido nada más que un sacerdote de la Iglesia de Cristo, con muchas limitaciones. Que ha intentado enseñar a los malpartideños por dónde se va al Reino de Dios”. Sí, querido Don Román, sus feligreses le agradecemos toda su dedicación en la enseñanza de este camino y reconocemos que en lo callado de su ministerio, en su recto proceder, en los desvelos y trabajos de su intensa labor pastoral se haya la Gracia del Espíritu Santo, que se ha derramado sobre nosotros por medio de sus manos, sus palabras, sus obras y su ejemplo. De ahí, nuestro homenaje y gratitud cristiana por siempre. Siga rezando por todos nosotros. Muchas gracias.

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