La pesca en los ríos Ayuela y Salor

Excursionistas en el río Ayuela
COLABORACIONES

Los pescadores del pueblo íbamos de pesca a estos ríos en primavera. Desde el mes de marzo, hasta mayo, en pleno verano, pescábamos más en la Charca y los Barruecos.

Los peces que había eran especies autóctonas, propias de nuestro clima y de nuestras aguas: pardillas, bordallos, colmillejas, tencas, gambusias, barbos, (en sus tres variedades común, gitano y comizo), angulas y muchos galápagos. Se me olvidaba el carpín, que abundaba mucho y la boga (no sé si se me olvida alguna más). Hoy, estas especies parece que se van recuperando poco a poco; en cambio, las especies foráneas que se introdujeron en nuestros ríos, les pasa al revés: el black-bass y el lucio van mermando sensiblemente.

Íbamos de pesca andando, pocas veces llevábamos un burro, si acaso para llevar los aperos de pesca. Éstos eran pocos: dos cañas de las que se usaban para blanquear, procedentes de la huerta de la Charca, la gorra o el sombrero, una taleguita para meter la pesca, un bote de lombrices y poco más. De licencia de pesca, ni hablar; ni la conocíamos siquiera.

De muchacho fui muchas veces al río, con mi padre, tío Antonio Agúndez, que era "aperaó" (el que arreglaba los carros, arados y aperos de la labranza), tío Fernando Zancada, ferroviario, como mi padre, tío Francisco y tío Ricardo, ambos herreros y con muchos más pescadores.

Salíamos del pueblo al amanecer. Tío Francisco y tío Ricardo siempre llevaban sus burras, pero los demás íbamos "en el coche San Fernando, unas veces a pie y otras andando". Al río Ayuela íbamos menos porque nos caía más largo. Al molino de "Hija de Vaca", los charcos de "Hijadilla", el puente del Aguijón, "Juanete" y a los de la junta de los dos ríos, era donde más íbamos.

En el Ayuela, el charco de "Los Yegüeros" y "La Zahúrda" también los pescábamos de vez en cuando. Recuerdo que una vez, fuimos en el río Ayuela, a "El Becerro", a los charcos que están junto a la casa. Por entonces llevaban esta finca "Los Pintos". Nos fuimos el sábado, por la tarde, con intención de pescar ranas por la noche. Cuando llegamos nos recibieron nuestros paisanos, con los que nos llevábamos muy bien, porque, además de paisanos, éramos vecinos en el pueblo. Había muchas ranas y muy grandes. Venían con nosotros, en esta ocasión, tío Francisco, tío Ricardo y sus hijos. Cuando fue bien de noche, preparamos nuestros faroles y las tablas, y como había tantas ranas nos divertimos de lo lindo. Hubo algún que otro remojón, pero nos trajimos para casa un saco lleno de ranas.

Había también muchos barbos y pardillas, que pescamos con las cañas cuando fue de día.

El río Ayuela, yo lo pesqué más cuando fui mayor. Iba en bicicleta; después de casado en moto, una "guzi" que tenía para ir al trabajo. Lo que más abundaba era la pardilla, había millones en todos los charcos. También había barbos, colmillejas, bogas y carmines; carpas, por entonces, había muy pocas en los ríos. Se pescaba normalmente con una sola caña y rara vez nos quedábamos mucho tiempo quietos, íbamos de un sitio a otro. A fondo, yo, por lo menos, no pescaba casi nunca, pues si pescabas así, lo más probable era que pescaras un buen galápago. Lo suyo era una buena veleta de cigüeña, poquito plomo y a pescar al aire. El cebo era, naturalmente, la lombriz y tenías que llevar un bote de ellas, pues como el tiempo estuviese bueno y el agua oscurita te quedabas sin cebo en poco tiempo.

Para mí, por lo menos, los peores días de pesca, eran los de la luna llena y como llegaras al río y estuviese el agua clara, que se viese todo el fondo, ya podías venirte sin tirar las cañas, pues no tenías ni una picada. Esto pasa siempre: el agua clara y el aire del norte, son los peores enemigos del pescador. Cuando se dan estas circunstancias es mejor no ir de pesca.

Más tarde, cuando mi padre y sus amigos fueron mayores, empecé a ir al río con mi amigo Francisco "Barril", Antonio Chanclón "Remachino" y alguno más. Salíamos, como siempre, temprano y volvíamos cuando ya había anochecido. Aunque entonces había muchos burros en el pueblo (de dos y de cuatro patas), casi siempre íbamos andando.

Yo he pescado en el río Salor, en todos los charcos que hay desde "El Galindo" hasta la junta de los dos ríos. En el Ayuela, desde "El Becerro" para abajo hasta la junta y desde la junta hasta la "Ciudad Sansueña", que está cerca de "Los Calvos".

Ya no voy a estos sitios y los nombres de muchos lugares, charcos, vados y fuentes se me van olvidando con el paso del tiempo.

Hubo una época bastante larga, que además de llevar las cañas, llevábamos también "coca", un producto prohibido totalmente, que al comérselo la pesca, mezclado con lombrices u otro cebo, atontaba a los peces y subían a la superficie indefensos. Con los "regüés" (hoy se llaman sacaderas) los cogíamos, asegurándonos una buena pesca y en cantidad. Si cargabas demasiado la mezcla de las lombrices con mucha "coca" entonces los peces se morían todos; pero si la mezcla la templabas bien, solamente se atontaban y, al cabo de tres o cuatro horas, recobraban sus energías, se metían para adentro en las aguas totalmente repuestos y sanos. Aunque esto no era pescar deportivamente, nos divertíamos bastante, pues con los "regüés" para arriba y para abajo también tenía su aquel. Estos peces "encocados" se podían comer tranquilamente, pues a las personas no le hacían efecto alguno. Los barbos grandes, las carpas y las anguilas nunca se "encocaban"; solamente cogíamos pardillas, bordillos, colmillejas y carmines.

Se mataban muchos peces con estas prácticas, pero el daño no era irreparable, pues dada la abundancia de peces que había, el agua que caía todos los inviernos y como los charcos-madre no se tocaban, los charcos pequeños, donde echábamos las "cocás" se repoblaban fácilmente.

La "coca" la comprábamos en Portugal, más concretamente en Valencia de Alcántara. La vendían en pequeñas cantidades y no había problema alguno en conseguirla. Esto de las "cocás" lo practicaban casi todos los pescadores. Estaba prohibido, pero las autoridades miraban para otro lado y, que yo sepa, no hubo denuncia alguna por este motivo.

También se utilizaban otras artes mucho más dañinas y mortíferas para la pesca; por ejemplo, se cogía una botella de sifón, (los antiguos nos acordamos bien de ellas y no sé si existirán todavía), que tenían en su interior una bola de cristal y cuando subía ésta al cuello de la botella, se adaptaba herméticamente a él, no dejando salir de su interior ni agua, ni gases. Por el cuello se echaban dentro de la botella pequeños trozos de carburo, se llenaba de agua y se echaba al charco. La botella, como es natural, se hundía hasta el fondo. El carburo al contacto con el agua, soltaba gases y éstos al subir hasta el cuello de la botella arrastraban hacia arriba la bola de cristal, cerrando férreamente la botella, no permitiendo salir el agua, ni los gases. En el interior de la botella se creaba tal presión que hacía que el cristal estallase, creando una onda expansiva que destrozaba y "espanzurraba" todos los peces que hubiera a su alrededor.

También se utilizaban cartuchos de los barrenos, los que se usaban entonces para partir las rocas. Era peligroso para el que los manejaba y, al explotar, dentro del agua tampoco quedaba ningún pez vivo.

Otro producto mortal y peligroso era la caña de hierro o cicuta. Con esto se envenenaban las aguas; por lo tanto, era dañino para la pesca y para las personas o animales que bebiesen sus aguas (entonces se bebía mucho en las fuentes, ríos y regatos).

A propósito de la caña de hierro, recuerdo un suceso luctuoso que le costó la vida a dos muchachos del pueblo. No recuerdo sus nombres. A uno le decíamos "Chengue", de la familia del mismo mote; el otro, era amigo suyo, pero no sé cómo se llamaba.

Una mañana se fueron a los Barruecos. Por aquel entonces se comían muchas hierbas del campo, por ejemplo, unas que se llamaban "pitorras". Las comíamos todos los muchachos y no eran malas, pero lo cierto es que éstos no comieron esta hierba. Comieron la caña de hierro y se envenenaron, aunque es una planta que se distingue fácilmente porque es de color verde y crece alta, como una caña. Su agonía tuvo que ser terrible, según se encontraron sus cuerpos. No les dio tiempo a los pobres ni de llegar al pueblo. Se quedaron muertos en el camino que había desde la Peña del Rayo, y que, pasando por debajo de "Frascodiez", iba a la Huerta de los Lobos. Hoy está el camino cerrado.

Volviendo a las "cocás", íbamos casi todos los domingos, llevábamos las cañas, pero también la "coca" ya preparada. El sábado, por la noche, picábamos las lombrices con "una tijera" y las echábamos en los botes mezclándolas con la "coca". Por la mañana, ya estaban suficientemente impregnadas con ésta y listas para echarlas al charco. Creo que esta "coca" sería o derivaría de la actual cocaína. No lo sé. Aquello se dejó con el paso del tiempo y no me he vuelto a acordar de ello.

Escogíamos un charco pequeño, a ser posible, que fuese estrecho para poder dominarlos con nuestros "regüés", que no medían más de dos metros. Al cuarto de hora de echar las lombrices ya empezábamos a notar sus efectos, porque los peces que habían comido las lombrices empezaban a correr por el charco, subían y bajaban a la superficie hasta que quedaban "panza arriba", atontados totalmente. Entonces, empezábamos nosotros a cogerlos con los "regüés" y meterlos en las "costeras". Aquello no sería pescar, pero también tenía su aquél, porque con la sacadera en la mano, charco arriba y charco abajo, cogiendo tantos peces, también te divertías.

Cuando llegábamos al charco escogido, preparábamos el rancho en un sitio llano, junto al agua. Traíamos leña y encendíamos la lumbre. Sobre las once de la mañana empezábamos a abrir la pesca y lavarla, la freíamos y tomábamos las "oraciones". Poníamos la sartén con su aceite correspondiente y ... ¡a freir pardillas!.

Las pardillas recién fritas están riquísimas. Nos las comíamos enteritas, sin quitarles las espinas y con unos buenos vasos de vino, nos poníamos morados. Luego, sobre las dos de la tarde, la comida.

No llevábamos comida de casa, solamente el pan, aceite, sal y los ingredientes para hacer el guiso. El vino no faltaba nunca y si no cogíamos peces comíamos lo que daba el campo. Casi nunca fallaba la "cocá". Si fallaba era porque al comprarla nos habían engañado y, en vez de vendernos "coca" nos habían vendido otra cosa.

Sobre la una, nuestro amigo Francisco Gómez ("Barril"), se ponía a hacer la comida principal: el mojo de pardillas o bordallos o carpines. Esto del mojo era un rito para él. Lo hacía con ilusión y le daba un temple especial que le quedaban riquísimos los mojos de peces. Después del plato principal, el típico gazpacho de huevos; algunas veces también tomábamos un poquito de café.

Por las tardes, aunque llevábamos las cañas, no pescábamos, pues bien comidos y bien bebidos, nos sentábamos alrededor de la lumbre donde Francisco "Barril" nos contaba cosas o se las inventaba, de los años 40, 41 y 42 (los años del hambre) y cantábamos:

                            "Salió la chica, salió la grande,

                            También la del medio, todas iguales."

que era canción popular entonces en nuestro pueblo y, en fin, que hasta que nos veníamos de regreso a casa, lo pasábamos estupendamente.

         Recuerdo una "cocá" qui hicimos en el charco de "La Zajurda", en el río Ayuela. Fuimos Francisco "Barril", su hermano Fernando, Antonio Chanclón ("Remachino"), mi primo Miguel, mi cuñado Paco, Paco Gutiérrez y Victoriano (éstos dos últimos eran empleados de la luz del pueblo, cuyo jefe era mi suegro, tío Juan el de la luz). No sé si se me habrá olvidado alguno. También vino con nosotros Pedro Gil ("Perico Mascaló") del que todavía se acordarán la gente mayor. Este hombre era famoso porque ponía las perchas a los pájaros en el prado. Los que cogía se los vendía a los taberneros y éstos los ponían fritos en sus establecimientos. Pedro era buenísimo, pero un poco retrasado mentalmente.

         Cuando llegamos al charco de "La Zajurda" se nos unió Antonio "Jabalí", que era el guarda de Las Torres de Tomás, íntimo amigo de Francisco "Barril". Pusimos el rancho junto al charco. Hicimos la lumbre, preparamos los "regüés" y empezamos a cebar el charco con lombriz y "coca". Este charco ha tenido siempre fama de tener los peces más grandes de todo el río. En su cabecera hay una profundidad de 5 ó 6 metros y nunca se seca. Cogimos muchos peces y como he dicho anteriormente, grande ni uno, sólamente se "encocaban" los pequeños. Empezamos a freir peces, a comer y a beber vino. Esta vez llevábamos una buena garrafa y yo creo que nos excedimos en beber y a las dos de la tarde teníamos todos un buen "peo".

         Nuestro amigo Francisco, como siempre, el cocinero, pero esta vez no le salió el guiso del mojo tan rico, pues estaba tan bebido como todos nosotros y en vez de templarlo bien le salió tan salado que no había quien le metiese mano.

         De todas formas, entre risas y cantalena nos pusimos a comer, no comimos casi nada, pues entre las pardillas fritas que nos habíamos comido a las once, el vino que habíamos bebido y lo salado que estaba el mojo, se quedó todo en la sartén. Entonces, salió la conversación de los lagartos y lo buenos que estaban fritos como de cualquier otra forma. Por aquellos tiempos se comían muchos lagartos. Estaba todo el campo lleno de ellos, no como ahora que casi han desaparecido. Se le quitaba la piel, la cabeza y el rabo, se echaban en un recipiente de agua hecho trozos y su carne blanca, al poco tiempo se esponjaba y tenía un aspecto buenísimo, igual que las ranas. Lo cierto es que acordamos coger un par de lagartos, freirlos y comérnoslos de postre.

         Los más jóvenes salimos a coger los lagartos a ochenta o noventa metros de la lumbre y vimos que dos culebras (también había muchas) se metían en un pequeño majano de piedras. Debido a lo animosos que estábamos por efecto del vino, dijimos: -Lo mismo nos da lagartos que culebras. Y sin miedo alguno empezamos a quitar piedras del majano; éstas eran pequeñas y no nos costaba esfuerzo alguno el echarlas para atrás. Cuando quedaban pocas piedras, vimos a las dos culebras; una de ellas al quedarse sin piedras donde esconderse salió ella sola y la matamos con un palo; la otra se quedó entre las pocas piedras que quedaban y la matamos también. Total, que nos presentamos al poco tiempo con las dos culebras. No eran muy grandes, medirían 50 ó 60 cm.

-- Muchachos, ¿dónde vais con esos bichos - nos dijeron.

-- A comérnoslos fritos - les dijimos.

-- ¿Estáis tontos o borrachos?

-- Puede que sean las dos cosas, pero hoy vamos a probar las culebras fritas, que dicen que están muy buenas.

Unos que sí, otros que no y Victoriano cogió las dos culebras y con ayuda nuestra les quitó la piel. La verdad, es que sin piel, su carne no era muy blanca, entre azulada y negra. Las partimos en trozos, los echamos en la sartén y se frieron. Los más delicados se resistían a meterles mano; por fin, cada uno cogió un cacho de culebra y a comer.

                   Nos mirábamos unos a otros, con las culebras en la boca, sin atrevernos a comérnosla, hasta que uno de los más escrupulosos escupió todo lo que tenía en la boca diciendo:

-- ¡Que le den por culo a las culebras. Esto no hay quien se lo trague.

Los demás, entre risas y cachondeo, hicimos lo mismo. Un par de horas más tarde empezamos a recoger los trastes para venirnos a casa. Entonces, echamos de menos a "Perico Mascaló", el que ponía las perchas en el prado. Estuvo con nosotros hasta después de comer, que empezamos a llamarlo por los alrededores y no dimos con él. Nos preocupó bastante esto, pues no teníamos idea de dónde podía haber ido y con el "peo" que tenía le podía haber pasado algo. Cuando llegamos al pueblo nos enteramos que ya estaba en casa. Se nos quitó un buen peso de encima, pues si le hubiese pasado algo, la responsabilidad era toda nuestra.

Al guarda de "Las Torres", Antonio "Jabalí", según nos dijo días después él mismo, también le costó un pequeño disgusto la juerguina que nos pasamos, pues se presentó en su casa a las tantas de la noche, pasando su mujer y sus hijos un buen susto hasta que llegó.

Cuando nosotros nos vinimos nos despedimos de él y lo dejamos apagando la lumbre. Estaba todavía un poco mareado y se sentó un rato al rescoldo de lo que quedaba de la lumbre. Se durmió y cuando despertó era ya noche cerrada. Se sobresaltó un poco pensando en su familia, que a esas horas lo estarían esperando, pero se tranquilizó enseguida, debido a que conocía bien aquellos andurriales y que en poco tiempo estaría con ella. Pero lo cierto es que se despistó y no encontraba el camino que iba desde "El Aguijón" a "Las Torres" y que pasaba delante de su casa. Después de mucho ir y venir y de caminar a ciencia cierta dónde estaba, encontró el camino diciendo: ¡ Coño, esto ya es otra cosa ¡. Pero resultó que en vez de coger el camino en la buena dirección, lo cogió en sentido contrario y fue a parar a las cercas que hay próximas al "Aguijón".

__ ¡Me cago en la leche! -dijopues no he cogido el camino al revés. Esto no me ha pasado a mí nunca.

Total, que el hombre se volvió para atrás y esta vez sí llegó a su casa, pero tardísimo. Reconozco que aquel día nos excedimos un poco con el vino.

Fuimos muchas veces de "cocá" y no sólo nosotros; también iba mucha gente a pasar el día al campo.

Había muchas anguilas en los ríos. Todos los charcos las tenían. Se notaban sus huellas en la arena de los mismos. Con el agua clara, se veía un surco estrecho, como cuando pasas un palo por la tierra. Esa era la huella que dejaba la anguila al arrastrar su cuerpo en el fondo.

Recuerdo, cuando tenía cinco o seis años, vi, por primera vez, las anguilas dedl río. Enfrente de mi casa vivía el señor Antonio Mejías. Sería por el año 1934 ó 1935. Este señor era por entonces guarda también de las mismas "Torres", donde muchos años después ejerció el mismo oficio nuestro amigo Antonio "el Jabalí". Me parece que se llamaba antes "Las Torres del mochuelo". Una tarde que venía de esta finca, se presentó en casa, con los "argaíllos" que traía en la burra llenos de peces y anguilas. Creo que era a finales de verano y los charcos pequeños, a causa del calor, se quedaban casi secos, siendo fácil coger los peces que hubiera en ellos.

Las anguilas se reproducen en el Mar de los Sargazos, en el Atlántico de América del Norte, a una distancia de 5.000 kms. de nuestras costas, tardando 3 años en hacer este recorrido. Llegan muy pequeñas y entonces se les llama angulas. Se adentran en nuestros ríos y están en ellos hasta que son adultas. Cuando llega la hora de reproducirse, vuelven a remontar los ríos, llegan al mar y vuelven a hacer el viaje hasta el Mar de los Sargazos.

Me parece que ahora hay pocas anguilas en los ríos. Dicen que se debe a las obras de los embalses: esos muros tan grandes de las presas, con tantas toneladas de cemento y que para ellas son difíciles de pasar. Antes, no había obstáculo alguno para que llegasen del río al mar o viceversa. Iban directamente. No sé si esto será así, pero tiene su argumento.

De día es difícil pescar una anguila, a no ser que estén las aguas muy turbias o que esté el día muy nublado. De noche, que es cuando habitualmente come, es más fácil. Se alimenta de gusanos, huevos de pez, pequeños peces, renacuajos, ranas, etc. Pican a la tripa de pollo, hígado, carne y a lo que antes he dicho que come. Cuando pican se tragan el cebo hasta el estómago; es imposible desanzuelarlas y hay que cortar el sedal.

Sólo he pescado dos anguilas en mi vida: una en el Tajo; y otra, en el río Salor, hace ya muchos años. La que pesqué en el Tajo la preparamos en casa, pero pasó lo de las dos culebras de la "cocá": la tiramos a la basura sin probarla.

Yo empezaba a pescar en el río, a mediados de marzo, cuando la pesca empieza a moverse. En puesto fijo pescaba poco; iba de un sitio a otro, con una sola caña y donde más me detenía era en los remansos. Ponía una veleta de cigüeña y poquito plomo, pescando al aire y dejando ir la línea río abajo, al compás de la corriente. El cebo, casi siempre era lombriz y mejor que ésta todavía era el camarón. Entonces había muchos en el río y con ellos se pescaban los barbos más grandes. El gran inconveniente que tenía es que es un cebo muy blando y con cualquier obstáculo que chocara, se desprendía fácilmente del anzuelo. Pescábamos con dos anzuelos y si había corriente, los enganches eran continuos. Hoy pesco sólo con un anzuelo.

Fueron pasando los años, hasta que llegaron el black-bass y el lucio, peces depredadores o cazadores, siendo el terror de nuestras especies autóctonas. Mis amigos, los viejos pescadores, compañeros de tantas jornadas de pesca, eran ya mayores y estas especies no las llegaron a pescar. Ley de vida.

La Federación Española de Pesca, quizás con las mejores intenciones, los introdujo en España porque decían que su pesca era muy emocionante y deportiva. Yo creo que fue un error traerlas; aunque hay que decir que estas especies van decayendo y que las nuestras autóctonas se van recuperando.

El lucio y el black-bass se introdujeron en los ríos Salor y Ayuela, creo que de la forma siguiente. Los primeros lucios que se vieron fue en charco de "La Zajurda", en el río Ayuela, entre las fincas de "El Aguijón" y "El Guijo".

El marido de María Fernanda (propietaria de la finca "San Román") era ingeniero en Madrid, trajo estos peces y los echó en "La Zajurda". Por otro lado, el dueño de la charca "Petit", en el término de Arroyo de la Luz, que también era un ingeniero de la Federación Española de Pesca, también los trajo y los echó en esta charca, que vierte sus aguas, pasando por "Molano", en el río Casillas, el cual por la "Ciudad Sansueña" desemboca en el río Salor. Así se introdujeron los lucios en este río.

Yo, para decir estas cosas, no he consultado ningún archivo o base de datos, ni en ninguna fuente fidedigna he pedido informe alguno. Estos datos los saco de mi memoria y de las cosas que he constatado en mi vida de pescador, por lo que esto que queda aquí reflejado puede que no sea muy cierto; lo que sí es cierto es que de una forma u otra invadieron nuestros ríos.

Mi amigo Fernando Gómez "Barril" me dijo que había estado pescando en "La Zajurda" y que cada vez que tiraba de caña y recogía los arreos, veía que detrás de ellos venían unos peces grandísimos que nunca los había visto. En efecto, eran los lucios, que ya estaban aquí.

Al poco tiempo se empezó a hablar de ellos en toda España y de cómo los pescaban en otros sitios.

El lucio tiene el cuerpo alargado, casi cilíndrico y un largo hocico aplanado, como el pico de un pato. Tiene una gran boca, cuyas mandíbulas están armadas de muchos dientes afilados y pueden llegar en algunos sitios a un metro de largo.

El black-bass fue introducido al mismo tiempo que el lucio. Procede del norte de América y es igualmente un depredador, con dientes en sus mandíbulas. Los más grandes suelen medir unos treinta o cuarenta centímetros y pueden llegar a pesar unos tres kilos de peso, dependiendo de donde se críen. Su pesca es más emocionante que la del lucio, pues cuando pican se defienden bravamente y hasta saltan fuera del agua en su afán de desclavarse y librarse de la cucharilla; por el contrario, cuando pica un lucio, se nota el primer tirón, pero luego no se defienden como el black-bass y más bien parece que traes un trapo enganchado. Por otra parte, el black tiene la carne mucho más rica que el lucio.

Total, que con ellos empezó otra forma de pescar y otros peces distintos. Compramos las cañas de fibra maciza, de metro y medio o dos metros de largas, cucharillas de distintas formas y tamaños, peces artificiales y todos los aperos necesarios.

Los primeros blackses eran más bravos que los que hay ahora. Se tiraban a cualquier cosa que pasase moviéndose a su lado, lo mismo a la cucharilla que al pez artificial. Yo los he pescado a la cucharilla, teniendo un pez en la boca que aún no habían terminado de tragárselo.

Otra vez la cucharilla se me enredó en unos juncos, fuera del agua, a unos noventa centímetros de altura de ella. Yo tiraba de la caña para que la cucharilla se desprendiese de ellos. A los tirones míos, como es natural, ésta se movía, pero no se desprendía. Entonces, un black saltó fuera del agua a por la cucharilla, que estaba colgando en el aire; al peso del black y al tirón que pegó se rompieron los juncos y el pez enganchado en la cucharilla corrió río abajo.

Los primeros años crecieron y engordaron  rápidamente porque tenían mucha comida. Se comieron todos los peces del río; sólo quedaron las carpas y los galápagos. El black-bass picaba al pez vivo, como  la colmilleja o los carmines pequeños y se cogían todos los que se querían; lucios también se cogían bastantes.

Como he dicho anteriormente, perdieron sus cualidades de ataque y bravura y pienso que, como pasa en otras cosas, por ejemplo, en la agricultura que compras una buena simiente procedente de otras tierras, la siembras y el primer año te da un fruto excelente, pero con el paso del tiempo si ese fruto lo vuelves a sembrar, va decayendo y degenerando su calidad. Es una opinión mía, pero a los blacks y lucios les ha pasado lo mismo. Al adaptarse y aclimatarse a nuestras aguas han ido perdiendo sus genes característicos. De todas formas ya no abundan como los primeros años y nuestras especies se van recuperando poco a poco.

Los blackses invadieron todos los charcos, tanto en el río Ayuela como en el Salor; en cambio, los lucios hay sitios donde yo no los he visto nunca: en el río Salor, desde "Juanete" para arriba, puente de "La Pedregosa", "Aldana", el "Vado del Soldado", "Molina", "Hija de Vaca", "Hijadilla", "Mosca" y "El Galindo" ni los he pescado ni los he visto.

Hace muchos años, un malpartideño, que era pescador de trasmallos y barco de madera, se ganaba la vida vendiendo la pesca que cogía. De nombre se llamaba Melquíades y de mote "Salor". Tenía un hermano mayor y hermanas ("Las Saloras"). Esta familia era famosa en el pueblo.

Pues bien, Melquíades me dijo que por encima del puente de "El Aguijón" o de "La Pedregosa", como le queramos llamar, había un salto de agua, que a los peces les era muy difícil remontar. Yo he estado muchas veces en ese salto, que por cierto no es muy grande, he observado a los peces, los he visto saltar para remontarlo y han vuelto a caer al charco sin lograrlo. Pienso que a los lucios les sería aún más difícil  que a los otros peces y que por eso, de ahí para arriba no los haya. No lo sé, esto son opiniones mías, que las expongo aquí, sin saber yo mismo si son verdad o no.

Los primeros años pesqué el lucio y black-bass, sobre todo, en el Ayuela. Mis hijos Francisco-Miguel y Juan Teodoro también se aficionaron a su pesca; pero poco a poco fuimos dejando de ir.

De vez en cuando vamos al río a las carpas y barbos. Al charco redondo, que está en el Salor, entre las fincas de "Las Almedias" y "El Carrascal", antes de llegar al puente de Aliseda nos gusta ir alguna que otra vez. Es un charco grande y hondo, de los que llamamos charcos "madre". Tiene abundantes barbos, carpas, blackses, lucios,  percasoles, ... y hace dos años cogí allí también dos tencas. Antes había una buena vereda para llegar a él, pero ahora han crecido tanto las jaras y retamas que casi no se ve.

A propósito de las tencas, en los ríos hay muy pocas y no deben de criar en ellos; las que hay o había antes, eran las que se escapaban del Barrueco o "Molinillo", por rotura de las rejillas que se ponen en los desaguaderos para que no se escapen. También muchas de las tencas que había en el río procedían de "La Generala". Esta charca era famosa por la calidad y cantidad de tencas que producía. Creo que está o estaba por Valdesalor, aunque no lo sé exactamente, ni si ya existe y vertía sus aguas al Salor. Al no estar bien acondicionada o al desbordarse por las fuertes lluvias de entonces, todas sus tencas iban al río.

Recuerdo que una de estas veces que se desbordó, llenó el río Salor de tencas y llegaron hasta el puente de "El Aguijón". Mi tío abuelo Alfonso Barriga "El técnico", pescando en ese sitio, se hartó de coger tencas. Se lo dijo a mi padre, que era su sobrino, y días después fuimos los tres, pero el río había bajado de nivel y las tencas ya no estaban allí. Se irían río abajo hasta el charco de "Juanete".

Podía contar muchas cosas más, cosas y casos que me han pasado en los setenta años o más que llevo pescando, pero estas notas son suficientes para dar una idea de cómo pescábamos antes en ellos. Todavía, algunas veces, me entran unas ganas enormes de coger las cañas e irme de pesca a "Molina", pero a los setenta y ocho años tengo que tener prudencia y conformarme con Los Barruecos y si decidiera ir alguna vez al río que fuera acompañado.

VERANO DE 2.006