Juan Díaz Acedo, media vida de sacristán y barbero

Juan Díaz con su nieto. Foto ALBAGAR
GENTE CERCANA

Sentarse a una mesa con Juan Díaz Acedo (Malpartida, 1944), es casi obligado para esta edición del diario HOY, si queremos que, poco a poco, vayamos hilvanando a retazos, con personajes de nuestra reciente historia, el pasado de Malpartida, que debe quedar, para siempre en la enciclopedia de este pueblo.

Campechano, con creencias religiosas profundas, sumamente educado, y hombre que, a pesar de los pesares, ha tenido siempre presente quien es, de donde ha venido y que ha querido hacer en su vida. Una vida repartida entre la iglesia, su profesión de barbero, y su familia, sin que necesariamente sea este el orden de dedicación.

Bautizado por el pueblo como Juan "el obispo", comenzó su andadura alrededor del clero un 23 de octubre de 1953 "con nueve años empecé en la iglesia, el día que se enterró la madre de la maestra doña Mercedes. Ese día lloré mucho, me subí al campanario para tocar las campanas. Figúrate con 9 años y mi primer entierro"

Desde los 9 años, hasta que se fue a la mili, primero monaguillo, después monaguillo mayor y, por último, sacristán "estaba de párroco don Olegario Martín y coadjutor D. Ángel  Ruano Mesa. Poco a poco me fui metiendo en el ambiente de la iglesia. Nunca renegaré de mi paso por ella. Tampoco renegaré de mis formas, de mi comportamiento, cuando hay pureza en lo que haces, cuando lo llevas en el corazón, lo sientes y lo vive y te entregas de manera desinteresada. Estos recuerdos serán para mí perennes"

Dotado de una voz excepcional, la gente todavía recordará los cantos de Juan en los actos religiosos. Mas de uno se emocionará cuando recuerda el "kyrie eleison", una aclamación laudatoria que recitaban los cristianos al inicio de la liturgia, en latín.

Todos los días acudir a la iglesia era una obligación mayor para Juan. No le hubiera importado ser cura, en aquellos tiempos sus creencias eran firmes.

"Estaba como subdiácono. Hice cosas que te congratulaban, y que me congratula recordarlas, leía las epístolas, cantaba salmos, y cuando faltaba el sacerdote, me subía al púlpito, me ponía mi sotana y el roquete, y hacía el rosario, que en aquellos tiempos era a diario. A todo le ponía mucho entusiasmo, a las bodas, a los entierros, a las fiestas solemnes de la iglesia"

Pero de la iglesia no se podía vivir sólo en aquellos tiempos, Juan, compaginaba su vida diaria en la iglesia con su trabajo en la barbería del Sr. Blas Gutiérrez, donde empezó con 11 años, y "a quien estoy muy agradecido. Como compaginaba la iglesia y la barbería, había veces que tenía que dejar la barbería e irme a hacer un novenario. Allí estuve también hasta que me fui a la mili"

Iglesia y barbería eran los quehaceres diarios de Juan el obispo, pero había todavía algo más. Como muchacho joven, pleno de vitalidad, tenía amigos, y jugaba al futbol. Fue uno de aquellos pequeños héroes del Balón de México, que tan bien retratara Jero García en su documental "también puse mi granito de arena en aquello del balón. Teníamos un equipo donde recuerdo a Vale, Juan zapatero, Bote, Gonzalo, Pepe el sastre, Andrés Granado, y varios más. Jugábamos por aquel entonces sin estar federados contra equipos de Cáceres como el Inter, el Marsan, la Estación de Arroyo-Malpartida, o el propio Arroyo. Recuerdo que empezó entrenándonos el que fue alcalde de Malpartida, Ladis, y después José Luis, el de la marté, que fue con quien ya empezamos más en serio a entrenar. El balón de México fue una estimulación para nuestra época de chavales jóvenes a los que nos gustaba el deporte. Yo jugaba de interior izquierda y a veces de delantero centro. Cargábamos con los postes y las cuerdas en el campo viejo, antes de empezar el partido y nosotros mismos formábamos el terreno de juego".

La mili fue un punto de inflexión importante en la vida de Juan Díaz. Al volver, ya nada fue como antes. Una familia a la que tenía que alimentar y escasos recursos, porque la iglesia y la barbería no daban para mucho. Decidió dar un vuelco a su vida y romper con lo que había sido su pasado hasta entonces. Y volvió a coger el cajón de barbero y visitaba las casas cortando el pelo y afeitando, aunque el resultado económico seguía sin ser suficiente.  "Pides ayuda a quienes tú has confiado en esos tiempos de tu sana fe, de tu inocencia, y te vas a personas que has compartido en la iglesia  a ver si te pueden echar una mano, para cartero, para la guardia civil. En otro tiempo no me hubiera importado irme al seminario, pero a las gentes pobres, normal, no se las atendía. Por mucha vocación que uno tuviera. Se explotaba la buena fe. Me desilusione con muchas personas a las que  consideraba como padres, me decepcionaron. Mi punto más sólido no era ya la iglesia, a raíz de las innovaciones, todo había cambiado.

Dios aprieta, pero no ahora. Y eso lo comprobó Juan bien pronto. Se marchó a Madrid a trabajar en una peluquería y estuvo un año "el pueblo tira mucho". Ya en Malpartida montó una peluquería y una persona le ayudó a entrar en Catelsa, donde estuvo 4 años. La situación empezaba a clarear y ya disponía de un sueldo, seguridad social, en una palabra, estabilidad. Aún así, por circunstancias que no vienen al caso, abandonó esta empresa y se quedó sólo con la peluquería, aunque la vuelta a la actividad de peluquero le daba para poco "había semanas que me sacaba 1000 o 1500 pesetas, pero otras se convertían en una penuria. Incluso tuve que pedir un préstamo al banco para atender problemas de mi casa".

Pero la fe de Juan tuvo un día recompensa "alguien me echó una mano, y empecé a trabajar en el Hospital Provincial, de celador, donde he estado 27 años. He formado una familia maravillosa. Tengo 4 hijos y cinco nietos más uno que viene de camino. Ahora soy feliz, y procuro ayudar a mis hijos y a mis nietos en lo que puedo. El año pasado tuve un pequeño percance, pero afortunadamente estoy muy bien. Vivimos en Cáceres, pero cada día vengo a mi pueblo, que es lo que me gusta"