Soldado con picas, lanzas y arcabuces. Imagen tomada de internet.

SUCEDIÓ HACE… (352): Coger la punta

JOSÉ ANTONIO AGÚNDEZ GARCÍA Malpartida de Cáceres

Pocos lectores malpartideños habrá que no hayan escuchado más de una vez expresiones del calado: «Anda, muchacho, coge la punta y ve a salirle a tu padre, que vendrá cansado» o «En cuanto oyeron la noticia, cogieron la punta y se vinieron al pueblo». Siempre me pregunté qué punta era la que se había que coger antes de emprender el camino y qué origen tendría esta alocución tan enraizada en la lengua de nuestros mayores cuyo significado hoy desconocemos. El diccionario apunta numerosas acepciones para la palabra «punta», la mayoría de ellas con la acepción de extremo o pequeña porción de algo. Expresiones con «punta» hay muchísimas: «estar de punta en blanco», «sacar punta de algo», «tenerlo en la punta de la lengua» o «estar alguien hasta la punta del pelo», por poner sólo algunos ejemplos. Pero tras mucho rastrear no he encontrado expresiones próximas a la de «coger la punta» como se emplea aquí, en el sentido de recomendación u obligación que no debe olvidar el que de manera inmediata emprenda un camino o inicie una tarea. Sólo en Barranquilla (Colombia) se dice «coger punta» con el sentido de fisgonear, mirar furtivamente debajo de la falda de las mujeres, expresión que, claro está, nada tiene que ver con la locución que aquí se emplea pues es extraño pensar que nuestros antepasados mandasen «coger la punta» para ir en pos de esos menesteres. En fin, ahí queda la cuestión.

Guardador con su alabarda en una procesión de Jueves Santo. Foto Ana Agúndez.

Releyendo hace días viejos protocolos notariales relativos a Malpartida, encontré escrita por mano de escribano -seguramente encargada por superior autoridad-, una relación de «Picas, dardos, lanzas y arcabuces» de los que disponían los vecinos allá por «16y87». La lista, formada por más de setenta nombres de malpartideños y malpartideñas del siglo XVII -pues también había viudas cabeza de familia-, expresa el tipo de armamento del que se disponía en cada casa. Generalmente, éste era del conocido como armas de asta, enastadas o de fuste, consistentes en un palo o mástil en uno de cuyos extremos se fijaba una punta metálica puntiaguda. En este grupo se encuadran las picas, las lanzas y los dardos, cuyos nombres varían según tamaños, formas de la moharra (o punta de la lanza) y su función. Por ejemplo, las picas son armas de 3 a 5 metros en una de cuyas extremidades se dispone una punta de acero o puya. Fueron utilizadas especialmente por los tercios españoles y hoy las usa el picador en la lidia del toreo, aunque en esta función al palo se le llame vara o garrocha. Son, por ejemplo, las que aparecen en el famoso cuadro «La rendición de Breda» de Velázquez, también llamado «Las lanzas» aunque las que allí se representan sean, por su longitud, picas. Las lanzas son más cortas y tienen una punta puntiaguda y afilada, siendo las armas más primitivas y habituales de las de asta. Los dardos -también llamados jabalinas- son lanzas con un astil corto y se utilizan más para ser arrojadas que en la lucha cuerpo a cuerpo. En la lista de armas malpartideñas el mayor número correspondía a esta tipología, pues eran 62 las piezas que sumaban los dardos y lanzas de diferentes tamaños existentes. Otra clase de armamento que poseían los vecinos del último cuarto del siglo XVII era el de las armas de fuego representado por arcabuces y escopetas de pedernal. Eran éstas armas de cañón, portátiles y de disparo manual, llamadas de pedernal por el sistema de chispa que llevaban. Un sistema relativamente novedoso, pues se había incorporado a partir de 1670, pocos años antes de que se confeccionase nuestra relación. Trece eran los ejemplares de arcabuces y escopetas de los que se disponía entonces en la localidad. Como vemos, las armas de asta y punta ganaban por mayoría a las de fuego.

Variedad de alabardas malpartideñas preparadas para su fiunción en la Semana Santa. Archivo JAAG.

Anotemos ahora unas breves pinceladas sobre la situación histórica en la que se generó aquel censo de vecinos con sus armas. Hacía poco, apenas 20 años antes de su redacción en 1687, había terminado la larguísima guerra con Portugal que a lo largo de casi tres décadas -entre 1640 y 1668- asoló con especial crueldad las tierras extremeñas, especialmente las próximas a la raya. Malpartida y toda la tierra de Cáceres se aprestaron durante la contienda en varias ocasiones a defenderse de inminentes invasiones del enemigo portugués. Por otra parte, también se padecieron los estragos producidos por la saña y los elevados coste y el temor a un ejército castellano compuesto en su mayoría por soldados de leva obligatoria, totalmente desmotivados, y por tropas mercenarias habituadas al saqueo y la rapiña, al mando de unos jefes inoperantes y corruptos. No era por tanto fácil en aquellos días andar por caminos y haciendas sin sufrir el asalto de la soldadesca, de prófugos y de gentes desarraigada que tenía poco que perder. Salir de casa y de los pueblos se convirtió en un peligro y toda una temeridad, más aún si debía hacerse en soledad, sin llevar siquiera un arma que pudiera defenderle a uno en un inesperado trance. Y es en esta situación donde, presumo, era altamente recomendable si no obligatorio «coger la punta» -o una de las armas de asta antes mencionadas- antes de emprender camino. De ahí, quizás, pueda venir la locución a la que nos referimos.

Todavía un pequeño apunte sobre otro instrumento armamentístico bien conocido por los malpartideños. Me refiero a la alabarda, un arma también de asta compuesta por una lanza de tres cabezas: una punta en su parte superior, y una hoja de hacha y otra de enganche en su parte transversal. Es cierto que muchas de las alabardas que conocemos incorporan a sus puntas una simbología religiosa de acuerdo con la función que hoy realizan como complemento del cuerpo de alabarderos, pero también es posible que dichos distintivos se hubieran agregado desde antiguo a estas armas como motivos o amuletos protectores. De ahí que en Malpartida de Cáceres haya todavía una partida de hombres que cada Semana Santa «coge la punta» para servir al Señor como sus guardadores.

Doctores hay en el campo de la filología que seguro puedan aportan más datos y ofrezcan mejor explicación sobre el origen de la locución «coger la punta» en el sentido como aquí la decimos. Por nuestra parte apuntamos esta.