Las 'titas de Malpartida' continúan confeccionando ropa para África

Desde hace 14 años se reúnen cada tarde de viernes para coser. /A. I. P.
Desde hace 14 años se reúnen cada tarde de viernes para coser. / A. I. P.

Ana Isabel Padilla Macías
ANA ISABEL PADILLA MACÍASMalpartida de Cáceres

Desde hace unos 14 años, un grupo de mujeres de Malpartida de Cáceres se reúne todos los viernes para pasar la tarde entre hilos, costuras y la grata compañía de las demás, además de la satisfacción por la labor que llevan a cabo, elaborar ropa para enviar a África.

La iniciativa surgió cuando el misionero Francisco González, desde Mozambique, le dijo a su tía María Jiménez, quien inició todo, que necesitaba dinero para comprar unas cunitas y que los niños no durmieran en el suelo.

María, con el corazón encogido, comenzó a pedir en la puerta de la iglesia y consiguió reunir el dinero suficiente para comprar las cunas. Ese fue el primer regalo que salió desde Malpartida de Cáceres con destino África. A partir de ahí fueron uniéndose más manos a la encomiable labor, colaborando en todas las misiones por las que ha ido pasando el misionero. La última en la que han colaborado ha sido en el Cotolengo, adonde han estado mandando, entre otras cosas, babis para los niños.

Según nos cuenta María, antes se hacían más envíos, uno 4 años año, pero ahora, con menos gente, se quedan en dos o tres. «Faltan manos, antes una prenda pasaba por 5 personas, ahora quizás solo hay dos manos para cada prenda. Además «los años pasan», afirmó María Pedrazo, otra de las fundadoras, quien es la encargada de cortar todas las prendas a sus 85 años, o Felicia Vinagre, quien con casi 89 años se encarga de pasar todo a máquina.

Corren con todos los gastos

Ellas se encargan de todo; cosen la ropa con las telas que les donan, llenan los paquetes con turrones, servilletas y manteles que también cosen, patucos o baberos, y se encargan de viajar para entregar el paquete, corriendo con todos los gastos. Además elaboran otras prendas que les encargan y el dinero se lo dan al misionero íntegramente. «Nadie se queda nada, nuestro afán es ayudar para que él pueda hacer más cosas y no hay una satisfacción más grande que ver sus caras cuando abren los paquetes. A nosotras nos llaman «las titas de Malpartida», nos contó emocionada.

La misión del Cotolengo ha terminado, pero llegarán otras. «Faltan manos», asienten todas, «hace falta gente» para que esta labor no caiga en el olvido y para que esa gente, tan necesitada, continúa recibiendo esa ayuda en paquetes con remite de Malpartida de Cáceres.