El tren extremeño, turismo de riesgo

Viviendas abandonadas en el antiguo poblado ferroviario de Arroyo-Malpartida./E. R.
Viviendas abandonadas en el antiguo poblado ferroviario de Arroyo-Malpartida. / E. R.

Se presenta en Fitur un provocador paquete turístico que une ferrocarril y crucero

J. R. ALONSO DE LA TORREMalpartida de Cáceres

Los barracones de la fotografía no son las ruinas del campo de concentración de Auschwitz. Tampoco forman parte del decorado de una película sobre el holocausto ni está a punto de entrar en el ángulo de la cámara un tren mercancías lleno de deportados camino del exterminio. No, esa foto forma parte de la iconografía del tren extremeño, de su arquitectura, de su pasado y de su realidad. Esos barracones, en fin, son las viejas viviendas en ruinas de la estación de ferrocarril de Arroyo-Malpartida.

Ese poblado ferroviario llegó a tener capilla, dos cines, 280 viviendas, silo del trigo, médico, escuela de mayores y de párvulos, taxidermista, carnicería, tienda de comestibles, cantina. Los ferroviarios causaban admiración en Arroyo de la Luz y Malpartida de Cáceres porque tenían sueldo fijo, horario y vacaciones. En Malpartida, había una canción popular que decía: «Hija, ¿quién es ese mozo?... Madre dicen que es del pueblo, pero yo no lo conozco.Tú, hija, pregúntalo porque a mí mucho me gustan los mozos de la estación».

En los años 50, la estación de Arroyo-Malpartida llegó a tener asignadas 39 locomotoras por lo que necesitaba un gran número de trabajadores especializados. Había 900 empleados en 1960, época en que la estación llegó a tener más de mil habitantes. Cuando se introducen en 1967 las locomotoras diésel, que podían ir de Madrid a Lisboa sin relevo, la estación de Arroyo-Malpartida fue perdiendo actividad y personal. La puntilla fue la apertura el 22 de junio de 1971 de la variante de Casar de Cáceres a Cáceres. La estación de Arroyo-Malpartida dejó de tener importancia estratégica y el poblado pasó de los 1.107 habitantes de 1960 a contar con tan solo 138 en 1975, no sobrepasando en la actualidad los 50 los fines de semana.

Hoy, un paseo por el poblado abandonado depara imágenes tan inquietantes y tan bellas como esta de los barracones abandonados. Es el tren extremeño, convertido en arqueología industrial y capaz de provocar sensaciones inauditas, que valen su peso en oro en el ámbito del turismo de las emociones.

Todo esto puede parecer una broma, pero estoy escribiendo muy en serio. En este momento, con el personal harto de Caribe, Praga, Patagonia y Cabo Verde, se impone buscar algo que suene a aventura y ahí aparece el tren extremeño como turismo de la experiencia. ¿Cómo será eso de viajar en un tren que puede descarrilar, que lo mismo se para en medio del campo, que seguro que te toca hacer la mitad del trayecto en autocar o en otro tren inesperado? Una amiga que viajaba en uno de esos trenes perdidos de noche en medio de la llanura me confesaba que se lo había pasado muy bien con los guardias bajándola del tren, fumando en un trigal, haciendo amistades... Es recuperar la solidaridad ferroviaria de antaño, cuando los trenes unían mucho y acababas compartiendo confidencias y filetes rusos con una desconocida.

Para que vean que esto del tren extremeño como reclamo turístico va en serio, les informaré de que el pasado jueves 24 de enero, a las 10.30 horas, se presentó en Fitur un provocador paquete de turismo de riesgo lanzado por uno de nuestros empresarios con más visión de la jugada: Rafael Pintado, conocido por su empresa de cruceros por el Tajo y el Alagón. El producto turístico que se presentó se llama así, sin anestesia: «Ven a Extremadura en tren» e incluye emocionante viaje ferroviario hasta la estación de Palazuelo-Empalme (Monfragüe para los modernos) y crucero navegando por el Tajo en el parque nacional de Monfragüe. Si funciona, habrá que completarlo con un incierto viaje en un R-598 a los antiguos poblados ferroviarios de Aljucén, Arroyo-Malpartida y Almorchón y a estaciones abandonadas o casi de Herreruela, Valencia de Alcántara, Baños, Aldeanueva y Cañamero. Poética de la desolación, turismo de la experiencia.

 

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